Subí las escaleras hasta la terraza, pasé las piernas por encima de la barandilla y me puse a imaginar en lo que pasaría cuando saltase: mi cuerpo caería desde la séptima planta, probablemente el golpe alertaría a algún vecino, verían el cadáver, la sangre alrededor, se oirían gritos, alguien llamaría al servicio de emergencias, me identificarían, llamarían a mi marido… Y entonces, cuando me imaginé el dolor que le causaría y su cara de terror cuando le comunicaran que me había quitado la vida, me dije: “Tengo que aguantar”. Y decidí seguir luchando.


