A fines del siglo XVIII, la eclosión del nacionalismo significó el reemplazo de Dios por la nación como base del poder político y origen de su legitimidad, como herramienta de adhesión sentimental e identitaria, como pegamento social; la nación de ciudadanos relevó a la comunidad de creyentes, y a partir de entonces las guerras en Europa empezaron a dejar de ser religiosas para convertirse en nacionales, desde las campañas napoleónicas hasta la guerra de Putin. (…) Necesitamos una nueva revolución, una Ilustración nueva que acabe con las guerras nacionales igual que la vieja acabó con las religiosas. No se trata de suprimir el sentimiento nacional, como la vieja Ilustración no pretendió suprimir el sentimiento religioso; se trata de recluirlo en la esfera privada, de que se convierta en cosa de cada cual.
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