Con la Iglesia oponiéndose al aborto, al feminismo, los derechos LGTBI y otros avances sociales, declararse religioso practicante ha ido adquiriendo connotaciones políticas con las que no todas las personas espirituales se sienten cómodas. Incluso la percepción social de la persona religiosa ha perdido prestigio. “El fenómeno se ha invertido”, apunta González-Anleo. “Los espirituales han pasado de ser vistos como frikis a ser considerados personas libres, palabra tótem de nuestra sociedad. No son esclavos de la cultura materialista. Dicho de otra forma: decir que eres espiritual, actualmente, mola muchísimo”. El estigma ha cruzado de bando y se instala ahora en el de los religiosos, “que son percibidos como personas que no piensan por sí mismas”. Tantos años comparando al cura con un pastor, la sociedad ha acabado asimilando a sus feligreses con borregos.
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