Apenas a 10 metros de Auschwitz, separados por un muro, existía una vida cómoda, luminosa, de niños que iban al colegio y hacían travesuras y montaban a caballo e iban en canoa por lagos idílicos, y de mujeres con bebés rubios en brazos que cultivaban dalias y se probaban con deleite los abrigos de las mujeres judías que acababan de ser gaseadas justo delante del jardín.
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